La
evaluación de las instituciones educativas es una práctica reciente que suscita
debates y controversias derivadas sobre todo de su carácter polisémico y
multidimensional, entendiéndose como un carácter de solidaridad de tipo social
con énfasis en la conciencia.
Según,
Figari (1999: 145), señala que en este debate intervienen dos formas de concebir
la evaluación asociada a dos culturas relacionadas con la preocupación por los
“resultados” o por el “buen funcionamiento”. La elección por una u otra conduce
a elegir no sólo entre dos prácticas de evaluación sino también entre dos tipos
de establecimientos escolares: local de selección o local de aprendizaje, y
entre dos concepciones educativas: calidad o cantidad.
De
acuerdo con (Nirenberg y otros, 2000:48), “La evaluación es capacitadora e iluminadora
pues busca en la teoría, la experiencia y el conocimiento, las argumentaciones
que mejor expliquen los resultados y facilite el crecimiento, el desarrollo y
el perfeccionamiento de los que intervienen en el proceso”.
Por
otra parte, se puede decir que la evaluación institucional refiere a un nivel
de análisis donde lo que se evalúa es el proyecto educativo y académico
institucional. La mirada global no resulta de la sumatoria de las partes sino
que implica una visión holística y una mirada abarcadora e integral. El
carácter cíclico e inclusive permanente de estos procesos contribuye a
fortalecer la vida institucional.
Según,
(Nevo, 1997), “la evaluación interna involucra a los docentes quienes toman en
sus manos la tarea”, todo esto porque es el docente quien conoce mejor el tema
local, resultando menos amenazador para las personas que tengan que ser
evaluadas; es decir, que la evaluación interna o autoevaluación se sustenta en
la idea que el sujeto de evaluación puede ser a su vez quien evalúa sin que el
proceso pierda legitimidad.
Así
mismo, la profesora argentina (Celman, 2002), desarrolla un concepto de
evaluación externa “vinculada a las ideas de externalidad y ajenidad”; es decir
que remite a la significación que tiene para los sujetos involucrados.
Cuando
hablamos de evaluación institucional, debemos hacer énfasis a la calidad, lo
cual es una búsqueda constante de la perfección; y, en gerencia, es el logro de
diferencias competitivas al más bajo costo posible, pero la perfección absoluta
de un profesional es imposible de lograr, sea cual fuere el costo de su
producción.
Obviamente
la misión de toda organización educativa ha de ser el logro de la calidad en
los estudiantes, calidad en sus docentes, calidad en su personal obrero,
calidad en su personal administrativo, pero inexplicablemente esto no parece
ser así; por cada actuación inteligente, “sinergista” y buena de un docente se
presentan innumerables de ellos malos y distorsionadores de los procesos
educativos, que se reflejan en la calidad de la enseñanza y lógicamente en la
calidad del producto educativo.
En
la actualidad, la realidad que se vive en la evaluación institucional en
nuestras escuelas, presenta algunos riesgos o debilidades, los cuales
transforman este ejercicio en un acto de autocomplacencia en muchas de las
veces, así como también en una actividad lúdica, en donde se inician procesos
en respuesta a demandas emanadas por el gobierno de turno a través del
ministerio del poder popular para la educación, donde la politiquería ha estado
muy inmersa dentro del ámbito educativo, evidenciándose cada día en nuestras
instituciones un ensayo-error de nunca acabar, debido a que cada día bajan
nuevos lineamientos que quizás tienen muy buena intención, pero que a la larga
nos lleva en una decadencia de la educación al momento de la evaluación, no
dando respuesta a lo que de verdad se quiere mejorar o solucionar,
manipulándose en algunas ocasiones quizás los resultados para que la fotografía
que se muestra sea en gran formato. Otras veces es una especie de juego, de como
si al estilo “tú has como que me evalúas y yo hago como que soy evaluado”. Por otra
parte, están los planes, programas y
proyectos, que quizás la meta es conllevar a una calidad de la educación, pero
que por la premura del tiempo no se ejecutan en su totalidad quedando inclusos
la mayoría de las veces, asimismo, dentro del sistema educativo, nos
encontramos con directivos o supervisores que no cumplen a cabalidad con su
rol, quizás por no tener los años de experiencia suficiente o simplemente por
no tener el perfil para ejercer la función, los cuales en muchos de los casos,
lo que hacen es perseguir y atropellar a su personal, llevar a medias el
trabajo a administrativo y atiborrar a sus docentes de nuevos lineamientos sin
darle las herramientas necesarias para ejecutarlos, pero exigiendo con puntualidad
y calidad a la hora de que sean entregados.
Por
su parte, en el ámbito educativo se evidencia también que en las instituciones
se habla de calidad de educación, donde la realidad es otra, ya que hoy en día
hay más cantidad que calidad, observándose día a día en los liceos más
complacencia y flexibilidad a la hora de evaluar a los estudiantes volviéndose
un vicio, colocándole todo al alcance de la mano.
Por
consiguiente, ¿cómo podríamos hacer para abordar todas estas realidades? Dando
respuesta a esta interrogante se comenzaría mencionando que en primer lugar se
debe tener conciencia sobre la importancia de la educación, la evaluación y la
pedagogía crítica, la cual sería muy idónea para reflexionar día a día sobre lo
que hacemos, lo que pasa en nuestro entorno y en nuestro mundo, conduciendo a
una educación crítica, liberadora, que forma partícipes del proceso educativo
más allá de lo aparente y de lo existente, centrándose en identificar y
analizar los sucesos educativos promoviendo herramientas claves para su
resolución.
Tener
conciencia de esta pedagogía crítica sería un primer paso para la transformación,
con una postura ética y participativa, permitiendo hacer de la educación y sus
participantes (todo el personal que hace vida en las instituciones) elementos
más poderosos en autonomía, comprensión, reflexión, haciéndolos capaces y
responsables para tomar decisiones ventajosas en beneficio de todos con
principios, actitudes, virtudes y valores de libertad, cooperación, solidaridad
y convivencia, así como lo contempla el currículo bolivariano.
El
ministerio del poder popular para la educación, debe dejar a un lado la politiquería,
dando cabida a la conciencia de lo que realmente se quiere, del deber ser de la
educación, lo cual es impartir una educación de calidad que arroje resultados
satisfactorios y concretos, que los planes, programas y proyectos sean
realmente ejecutados de manera eficiente y eficaz, que los directivos que
gerencien los planteles cumplan con el perfil de directivos, realizando el
trabajo correspondiente tanto en el proyecto integral como en el académico
institucional, que los supervisores cumplan con el trabajo que les corresponden
y no el de llevar la política a las escuelas, ni el de ser de policías dentro
de las mismas, intimidando en muchas de las ocasiones al personal que labora
allí, siendo imparciales a la hora de evaluar al docente en su desempeño en el
aula de clases.
Es
necesario mencionar y tener presente que nosotros como docentes preparados
profesionalmente y participantes activos dentro de los planteles, somos el
motor que origina los cambios educativos, ya que sabemos cómo funciona
realmente la escuela, teniendo la capacidad de pensar y repensar, plantear sus
problemas y aportar soluciones y perspectivas de acción, ponerlas en práctica y
evaluarlas posteriormente logrando un resultado exitoso, eficaz y
satisfactorio, sin dejar a un lado que pueden existir equipos
interdisciplinarios para la discusión y la acción, de forma que puedan
visualizarse más posibilidades de mejorar la enseñanza y de actuar para que el
contexto institucional y social sea más favorable al progreso educativo.
La
idea de cambio en la escuela se expresa acertadamente en el siguiente
pensamiento de Paulo Freire:
“Esa iniciativa de
cambio debe estar animada por la pasión y
por la fe en la
necesidad de construir un mundo mejor...”
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